
Una correduría de seguros vende una sola cosa: confianza. Fuengirola Brokers la tenía con sus clientes. Su imagen, en cambio, no la transmitía.
El negocio funcionaba. El problema estaba en lo que veía alguien que todavía no los conocía: un logotipo con dos colores que no hablaban entre sí, sombras de otra época, tres tipos de letra distintos y un «S.L.» ocupando sitio. Nada de eso es grave por separado. Junto, transmite algo peligroso para una correduría: improvisación.
El punto de partida: qué se conserva
En un re-branding la primera pregunta no es qué cambiar, sino qué ya funciona. Sus clientes reconocían una cosa: las iniciales F y B. Tirarlas habría sido empezar de cero con una clientela que ya los identificaba así.
Modernizar sin perder lo que la gente ya reconocía. Ese era el encargo, aunque nadie lo dijera con esas palabras.
El monograma: la letra de lo que se firma
Fundimos la F y la B en un monograma de una sola pieza, dibujado con una serifa clásica. No por gusto estético: es el tipo de letra de los documentos que se firman, de las pólizas y los contratos. Una correduría tiene que parecer un sitio donde firmarías.
Para lo que necesita más peso, como las carpetas de pólizas o la puerta de la oficina, creamos un sello circular con el texto «Correduría de seguros». El monograma firma; el sello certifica.
Un mundo de marca mediterráneo
La mayoría de corredurías se parecen entre sí: azul corporativo, un paraguas y una familia sonriendo. Queríamos que Fuengirola Brokers fuera reconocible como de Fuengirola. Por eso la paleta sale del amanecer en el Castillo Sohail: un azul noche, un azul mar, un gris pizarra y un arena cálido.
Del propio sello nace un patrón de arcos que vive en el reverso de las tarjetas, los sobres y los folletos. Y el banco de imágenes habla de lo que se asegura, una casa, un coche o un negocio, no de seguros.
La marca bajando a la realidad
Una identidad vale lo que valen sus aplicaciones. El sistema se llevó a todo lo que el cliente toca:
Lo que aprendimos
En los servicios profesionales el cliente no puede valorar la calidad del trabajo antes de contratarlo. Juzga por lo que ve. Por eso una imagen improvisada sale tan cara en una correduría, un despacho o una clínica: el cliente no piensa «tienen mal logo», piensa «no sé si me fío».
No hizo falta inventar una marca nueva. Hizo falta ordenar la que había, conservar lo que la gente ya reconocía y darle la seriedad que el negocio ya tenía. Ver el proyecto completo.


